Ascensión a la cima del Moncayo

Además de la riqueza histórica y monumental, la simpatía natural de los habitantes de Ambel y del indiscutible interés paisajístico de los alrededores de la Villa, dominados por los campos de olivos, viñedos, huerta y monte bajo, hay algo que sin duda llama poderosamente la atención del forastero. Se trata del Moncayo, el causante de frios vientos de tres días de duración que se dejan sentir en Zaragoza capital. Una inmensa mole de algo más de 2300 metros de altitud, visible en dirección noroeste desde cualquier rincón de la comarca.

El Moncayo. Vista general


Llevo varios años desplazándome a Ambel en diferentes épocas del año sin faltar ni un sólo verano y desde hace tres, haciéndome el propósito de ascender a la cima del Moncayo. El porqué de este particular propósito, no sabría explicarlo. Sirva en mi defensa aclarar que el hecho de recorrer sus laderas, contemplar los bellos paisajes y culminar con la llegada a la cima, me producen una variedad de agradables sensaciones cuyo recuerdo me obliga a mantenerme firme en la promesa de seguir subiendo a la cumbre mientras mi salud y mi tiempo libre me lo permitan.

No crea el lector que ascender a los 2316 metros de altitud de la cima del Moncayo supone ningún desafio físico de importancia. Al contrario, he sabido de personas de edad avanzada que han conseguido culminar el ascenso con mayor o menor dificultad. Tampoco deben dejar traslucir mis palabras que tras el autor de este reportaje se encuentra un fornido deportista acostumbado a realizar diversas y variadas proezas atléticas. Nada más lejos de la realidad. Visitar la cumbre del Moncayo está al alcance practicamente de cualquiera, y desde estas humildes letras animo a todos los forasteros que visiten la Villa, a dedicar una mañana a disfrutar de esta montaña, anfitriona del Parque Natural Dehesa del Moncayo, creado en 1978.

Bosque - Parque Natural de la Dehesa


Este año por diversas circustancias he subido sólo, ilusionado como en años anteriores y con la misión autoencomendada de tomar fotografías y notas para la realización de este reportaje (con la confianza de publicarlo en Ambel.org).

Del Moncayo se dice que es traicionero. Supongo que como culaquier entorno montañoso. Han habido numeros casos de excursionistas y montañeros experimentados que se han accidentado o se han perdido como consecuencia de cambios bruscos de la climatología, o simplemente por condiciones atmosféricas adversas. En algún caso incluso con resultado de muerte. Yo prefiero realizar mis excursiones a la cima del Moncayo en verano y con una previsión climatológica favorable. Es por ello que una mañana del mes de agosto pasado, en torno a las 7 de la mañana, me levanté de la cama con el espiritu montañero necesario para realizar lo que relato en estas líneas.

Con la mochila cargada de algo de comida ligera y fruta (no es necesario llevar agua pues el Parque Natural dispone de numerosas fuentes), mi cámara de fotos, unas botas de hacer senderismo y un pequeño bastón, me dirigí en coche hacia Bulbuente a sólo 3 km de Ambel, y de ahí (atravesando la localidad de Vera de Moncayo) al Monasterio de Veruela (del que en otra ocasión prometo hablar) lugar en donde se divide la carretera que nos conducirá hasta el Moncayo. Ya incluso desde el coche, la vista es regalada con un paisaje realmente bello.

La carretera asciende lentamente entre curvas que recorren incansables formaciones boscosas de robles, hayas y pinos fundamentalmente. De vez en cuando, nos encontramos con áreas que invitan a detenernos y a dejar el coche. Estas zonas se encuentran junto a diversas fuentes naturales y suelen disponer de merenderos preparados incluso para preparar una barbacoa sin riesgo de incendio. La Teja, Tres caños, Sacristán, Los frailes, son los nombres de las fuentes que vamos dejando atrás.

Al final de la carretera, donde el firme deja de estar asfaltado y junto a un inmenso aparcamiento de coches, parte una pista forestal que lleva al lugar más alto a donde se puede llegar conduciendo. Es en este lugar donde yo comencé a pie mi subida a la cumbre. He de aclarar que es posible iniciar la ascensión desde otros puntos que están perfectamente identificados (por ejemplo desde la fuente del Sacristán). Si el caminante tiene ánimo de recorrer una distancia extra, puede optar también por dejar su vehículo en el aparcamiento que existe al finalizar la carretera, e incorporarse a una gran ruta (no recuerdo el número de GR, pero es posible consultarlo que cualquier libro sobre senderismo) que arranca incluso desde cotas más bajas.

La pista forestal, de unos 3 kilómetros, está en buen estado en sus tres cuartas partes, no así en su último tramo, donde abundan los baches y los pasos estrechos. Existe un albergue y un restaurante al final, así como un aparcamiento y una ermita (a unos 200 metros de distancia) en honor de San Gaudioso a la que se accede a pie, sorteando si es domingo o festivos las improvisadas mesas de campistas que hasta allí acuden a comer sus tortillas de patata, convirtiéndose en tal caso el camino en un paso angosto y concurrido.

Albergue y Restaurante


Una vez olvidados del vehículo a motor, llega el momento de dar buena fe de nuestras piernas, y de comenzar paso a paso a caminar por la senda que conduce a la cima. Sendos carteles nos informan sobre diferentes rutas y datos de interés para el excursionista, como por ejemplo la altitud de partida, 1600 metros. Me sorprendió gratamente, habiendo ya empezado a caminar, leer en otro cartel que un grupo de montañeros se está dedicando desisnteresadamente a señalizar y mejorar la senda, intentando frenar el inevitable deterioro que causan los numerosos excursionistas que acuden al Moncayo cada año. En dicho cartel se puede leer claramente: “Restauración y mejora de la senda de ascensión a la cumbre del Moncayo. Obras acometidas por voluntarios del campo de trabajo del Parque Natural del Moncayo”.



Ya en los primero metros se empieza a notar que nuestro corazón se mueve con celeridad, y es que la pendiente por la que caminamos no es como se dice vulgarmente “moco de pavo”. Nos adentramos entonces en un inmenso y frondoso pinar que por momentos nos priva del sentido de la orientación. Sabemos que subimos pero ya no queda tan claro en que dirección. El olor y la belleza de este paraje compensa en cualquier caso todos los esfuerzos.


Si no desistimos tras este primer esfuerzo, pronto se adivina el final de la espesura, y es entonces cuando se comienza a disfrutar de lo que va a ser un gran regalo para nuestros ojos.



Ya en espacio abierto se observa a la derecha de la senda el Circo de San Miguel, también conocido por muchos como el cucharón, . Se trata de una bella formación de origen glaciar.




Tomamos la senda de nuestra izquierda, perfectamente señalizada por un cartel que nos anuncia “cumbre del moncayo”, y comenzamos a mirar hacia arriba preguntándonos si queda mucho. En este punto aún no se ha recorrido la mitad del camino y es recomendable, si no se tiene especial necesidad de llegar a la cima con prontitud o de batir algún record, el realizar breves paradas con dos objetivos: recuperar el inevitablemente alterado ritmo respiratorio y disfrutar de las fantásticas vistas que incrementan su belleza a medida que se gana altura. Siempre que realizo alguna excursión de este tipo, me viene a la memoria ese conocido refrán que reza “el piojo puesto en altura el rey del mundo se figura”. Y es que no podemos por menos que sentirnos pequeñitos y muy poca cosa ante tal inmensidad.



Finalmente tras infinidad de vueltas en una y otra dirección, bastantes más pasos y no pocos sudores, se consigue alcanzar la cima, en donde descubrimos que lejos de ser en forma de aguja, está formada por una enorme planicie por la que aún se puede caminar durante largo rato.

El final de la senda ascendente y la llegada a la cumbre, es anunciada (por si ello puese necesario) tanto por un poste amarillo que nos invita a continuar camino por la derecha, como por una fenomenal ventolera que, a pesar de ser agosto, era especialmente intensa el día que relato.



No puede uno evitar dirigirse hacia la vertiente soriana del Moncayo para comprobar cual diferente es el paisaje del otro lado: de pendiente bastante menos pronunciada y vegetación escasa. Aquí me viene a la cabeza otro curioso dicho:
“Moncayo ladrón, manas en Castilla y riegas en Aragón” , haciendo en este caso con humor, inequívoca referencia a la interminable problemática entre comarcas por ese bien tan preciado, desgraciadamente a veces no bien utilizado. Y es que esta montaña situada en medio del Sistema Ibérico representa una frontera climatológica entre el húmedo y atlántico ecosistema de la cara norte y el seco y mediterráneo ecosistema de la vertiente aragonesa.

Tras mirar la ladera vecina, continuamos el camino durante unos quince minutos más hacia el monolito del vértice geodésico del Moncayo, la cota más elevado situada a 2316 metros sobre el nivel del mar. Ni que decir tiene que las vistas desde este punto en un día despejado son cuando menos impresionantes. A esta altitud es posible dominar visualmente un área realmente extensa en todas las direcciones. Es momento de respirar con ímpetu y dejar que el aire puro inunde nuestros pulmones.


Una pequeña virgen del Pilar situada allí por un equipo de montañeros de Zaragoza, nos permite dar fe por escrito
en un cuaderno (alojado en un pequeño cajón metálico contenido en el propio monolito que sostiene a la Virgen) de nuetra visita a la cumbre del Moncayo . A pocos pasos, diversas muestras de recuerdo hacen honor a montañeros que han perdido la vida en estos parajes.

Llega entonces el momento de situarnos cerca del suelo y protegiéndonos del viento en cualquiera de los refugios de piedra que alguien tuvo el acierto de preparar, dar un respiro a nuestro cuerpo y regalarnos algo de comida, que dadas las circustancias, ingeriremos como un placer desconocido, y es que por alguna extraña razón, el bocata de tortilla tiene un sabor delicioso cuando uno está sentado a 2300 metros de altitud. Yo suelo acompañar al bocata con una pieza de fruta, una naranja por ejemplo, por aquello de recuperar azúcares y mantener las fuerzas hasta volver al punto de partida de la excursión.También es posible entablar interesantes conversaciones con otros montañeros que repiten el mismo ritual a su llegada a la cumbre. A veces entre animadas conversaciones se produce el intercambio de viandas y licores, pues son muchos los que lejos de subir con agua se acompañan de un castiza bota llenada con cualquiera de los caldos que producen los numeroso viñedos de las comarcas aragonesas del Moncayo.El descenso se me antoja (como en ocasiones anteriores) más largo que el ascenso, y no creo que sea por las ganas de finalizar la excursión. Más bien creo que se trata del importante esfuerzo que realizan mis rodillas tras una travesía larga de gran desnivel. En cualquier caso, al igual que cuando uno asciende, es recomendable parar de vez en cuando, en esta ocasión no tanto para recuperar el aliento, sino para dar reposo a las articulaciones de las piernas, y cómo no, para aprovechar hasta el último momento el regalo que para la vista supone el entorno que nos circunda.


Son algo más de tres horas de excursión (dependiendo de las fuerzas de cada uno y del tiempo que se pase en la cumbre) que el que escribe estas líneas volverá dedicar el próximo año, D.M., con cualquier otra excusa. Sin duda se trata de un esfuerzo gratuito, que es en mi opinión y a pesar de todo, de sobras recompensado incluso en aquellos casos en los que se carezca de cualquier sentimiento de amor hacia la naturaleza y la montaña. Cuando hice este mismo recorrido el pasado verano, tuve ocasión de conocer en la cumbre a un curioso muchacho acompañado por su perro que me aseguró, entre mordisco y mordisco a su manzana, haber subido en tres ocasiones durante esa misma semana. He oído hablar de todo tipo de adicciones, algunas bastante extrañas, y esta sin duda alguna podría ser objeto de algún sesudo estudio en cuaquier universidad norteamericana.

En culaquier caso, contemplar este entorno natural no deja impasible a nadie. Tanto si eres ambelero como forastero y si nunca has disfrutado de esta excursión, quede por escrita mi invitación a disfrutar de esta gran oportunidad que ofrece esta tierra aragonesa.

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Nota: Todas las fotografías que incluye este texto están en el álbum fotográfico de Ambel.org.