ILUSTRACIONES SOBRE LA VILLA DE AMBEL (5ª parte y final)

Por Antonio Aragón [antonio_7119@orange.es].

EL DÍA A DÍA EN AMBEL

Ambel tiene una historia de población más dura. Los años que siguieron a la expulsión pasó por ascensos y descensos rápidos alarmantes que revelan unas dificultades repobladoras. Después, hay otro periodo de crisis a mediados del siglo XVIII que se ignora a qué se debe. Puede ser causa de la crisis de los telares que eran numerosos.

En los pueblos que poseían todo el monte convertidos en bienes propios, como Ambel, tuvo que ser excepcionalmente sensible y no sería extraño que obedeciese a eso la gran curva de descenso de la primera mitad del siglo XVIII junto con su repercusión en los telares. En cambio durante la guerra de la Independencia, nos encontramos aumentos de medias de natalidad en casi todos los pueblos.

En esta comarca de Borja, uno de los pleitos más famosos fue con ocasión de la dehesa que Ambel hizo en 1576. Tenía ya tres y pidió y obtuvo de Felipe II mojonar y vedar una cuarta dehesa con lo cual quedaba acotado casi todo el término. Se añadía la circunstancia de que solamente arrendaba sus dehesas a los propios vecinos de Ambel.

Los pueblos circunvecinos se alborotaron. Talamantes, Tabuenca,y Añón porque se reducían los pastos de los que podían gozar de pastar con sus ganados desde la salida del sol hasta su puesta del mismo. Veruela, Ainzón y Borja porque por privilegio podían pastar antes día y noche en esos montes recién adehesados.

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Los incidentes se multiplicaron. Se obtuvo la revocación del privilegio de hacer dehesa, pues Ambel había callado que poseía ya tres al pedir el privilegio al rey. De nuevo consiguió Ambel una firma concediendo la dehesa. Una relación dice que se celebró la victoria con toros y grandes fiestas.

Nueva revocación a petición de los pueblos vecinos. Solo la serenidad y presencia del Comendador de Ambel de la Orden de San Juan, logró evitar la lucha a mano armada. Los pleitos siguieron. Todavía en 1627 encontramos entre la lista de privilegios de Veruela, alusión a los intentos para impedir la nueva dehesa.

En cuanto a la repoblación forestal, el contrato es semejante en las tres clases de tierras que se repueblan, es decir, de propiedad particular, del municipio y Montes de Utilidad Pública. En los dos primeros casos, el terreno repoblado queda de propiedad particular y en los montes de Utilidad Pública,  la administración pertenece al Estado como antes, aunque el monte es del pueblo. El voleo, es decir, el arbolado es de Repoblación Forestal.

Llegado el momento de aprovechar la madera, se reparten los beneficios entre el propietario -particular, municipio o pueblo y el Servicio de Repoblación.  1/3 queda para el propietario del terreno, y 2/3 para Repoblación Forestal.  Con el control por parte de esta entidad del aprovechamiento forestal futuro, queda excluida una nueva destrucción de los bosques que se repueblan.

Seguidamente se da la situación en que se encontraba con la clasificación dada por el catastro recién terminado. El monte de pino se debía todo él a repoblación,

El año que estamos haciendo referencia de este comentario data de l950, cuando el pueblo en su conjunto disponía de 11 Hect.  de árboles ribera, 220 Hect. de pinar y 1375 Hect. de monte bajo.

Los productos regionales provocaban una industria local, floreciente para aquella época. El lino, cáñamo y la lana dieron origen a numerosos telares en cuyo oficio se especializaron algunos pueblos como Ambel. Estos pueblos del somontano, junto con Añón, Ambel y otros, eran verdaderos pueblos industriales para su época en los siglos XVI y XVII.

La tercera parte de la población estaba ocupada en los telares para abastecer las Órdenes Militares de Ambel. Se comprende fácilmente la crisis que provocó en ellos el hundimiento de su industria con la aparición de los tejidos catalanes de algodón. La industria del cáñamo y el lino seguía a la de la lana en importancia, aunque le ganaba en difusión.

La existencia de diversos yacimientos de minas de hierro se hallaban en todo el somontano y su explotación es antiquísima. En Ambel todavía existen tres restos de estas minas, dos en el monte denominado “La Torre”. concretamente en el paraje “La Hoya del Pomo”, y otra en “La Costera la Caba”, se trataba de explotaciones alguna a cielo abierto, de anchura de 10 a 12 metros y escasa profundidad y una galería subterránea de longitud desconocida, por encontrarse toda llena de escombros. La explotación debió de ser larga e intensa, a juzgar por los grandes montones de escorias abandonados. Se ignora si esta explotación de origen evidentemente romano o anterior, continuó durante la Edad Media.

Debido a lo accidentado del terreno, al menos para aquél entonces, el mineral extraído, era transportado a lomos de las caballerías por el sendero que atraviesa los parajes denominados “Las Lomas” y “Podadillas”, hasta un lugar más accesible llamado “cargadero”, ya a pie de camino principal, donde era cargado en carretones y llevado a fundir a Añón, donde se sabe fundían todo el extraído de los yacimientos del Moncayo.

En el término nuestro de “Villanueva”, en su momento, existió algo de fundición, pues así lo atestigua la cantidad de escoria que todavía se puede contemplar esparcida por el monte.

Todo ambelero sabe que, existe un paraje llamado “Las Calles y “Los Hiladeros”, y se conocen así porque allí existieron dos calles sueltas y, algo distantes de la población donde habitaban todas las familias, que vivían del proceso de la industria del cáñamo, tan preciso e importante en aquél tiempo.

Los agricultores ambeleros, cultivaban el cáñamo en las tierras ricas de su cañada de “La Val” siendo éste el cultivo más extendido en toda tierra regable. Luego este cáñamo pasaba a manos de los industriales, los cuales, tras las labores de “empozado” (sumergido en agua corriente), después lo sacaban y ponían a secar, y seguidamente lo “amañaban”, que consistía en hacer pequeños manojos, para pasarlos por el “agramador”. el cual lo dejaba en pequeños trozos, pasando después al “espadador” para dejar más limpia la fibra del cáñamo. Luego pasaba a manos del cardador, el cual, con una especie de peine gigante con púas de hierro, terminaban de quitar las astillas y dejarlo limpio, para proceder a realizar toda clase de hilos y cuerdas, desde el hilo más fino hasta la soga más gruesa para barcos.

Todavía existe el lugar en donde sumergían el cáñamo, eran unas pozas o pequeños estanques, que en la actualidad se utilizan para criar hortalizas.

En este paraje que he citado antes llamado “Las Calles”, existieron en su tiempo dos calles, y que todavía se denomina así. En estas calles, estaban instaladas las industrias derivadas del cáñamo, los industriales se llevaban mal con los del pueblo, por los motivos de que unos eran industriales y los otros agricultores.

No cabe duda que esto elevó al pueblo de Ambel a una situación económica bastante elevada, con relación a los pueblos de la zona y no cabe la menor duda que tuvieron una gran influencia las dos Órdenes Religiosas especialmente la de San Juan, ya que lo atestigua la cantidad de escudos nobiliarios que aun rotos o deteriorados por el descuido, aún podemos ver en nuestras plazas y calles.

Salto de agua de la Estanca

En el primer tercio del siglo XIX se suprimen los derechos regionales y se ponen en venta los primeros bienes desamortizables. Por otra parte la llegada de las comunicaciones arruinó las ferrerías y las industrias de lana y lino y esto repercutió en la vida agrícola, pues desapareció una cultura fundamental en la rotación de la huerta que de cuatrimestral (cáñamo, lino, trigo, cebada), se convirtió en trienal, con graves inconvenientes para la producción del cereal que no encontraba el suelo preparado.

La compra de los bienes de los pueblos por personas extrañas al municipio y la falta de control transformaron rápidamente la vida regional con tres coyunturas económicas que se sucedieron en poco tiempo: la época de los grandes beneficios de la vid, la aparición de la remolacha y los altos precios de los productos del campo después de nuestra guerra civil.

La pérdida del viñedo francés por la filoxera entre los años 1870 y 1874, hizo afluir nuestros caldos a la nación vecina. Hubo una demanda excesiva y, repentinamente, la vid pasó a ser un cultivo de mayores rendimientos. Toda la región, pero sobre todo, la zona vitícola de la comarca Campo de Borja, se benefició altamente con ese comercio.

La consecuencia natural fue una carrera desenfrenada de plantaciones de vid, que comenzaban a dar su pleno rendimiento, en el momento en que el mercado francés se cerró de nuevo por establecer su gobierno altas tarifas aduaneras a nuestros vinos. Sin embargo, el decenio de 1872 a 1882 dejó una profunda huella en la zona en el avance de la propiedad.

El vino era ya un negocio precario a finales de siglo, cuando la filoxera llegó y arrasó este viñedo en decadencia. La lucha contra la filoxera con el descepe y los tanteos en la elección del injerto resistente a la plaga, agotó a los pueblos de la comarca de Borja y no solo repercutió momentáneamente con la inmigración en masa de parte de su población, sino que provocó una profunda decadencia demográfica que todavía continuaba.

Actualmente predominan los pequeños propietarios. Las grandes propiedades surgidas con la reconquista cristiana en el siglo XII pertenecientes a la nobleza, a las órdenes militares y monárquicas, no hicieron mas que cambiar de dueños en los años de la desamortización del siglo XIX. Pero las roturaciones del monte, los beneficios de la vid, de la remolacha y de nuestra post-guerra, permitieron una adquisición lenta de la propiedad por jornaleros y pequeños propietarios en los últimos tiempos.

Al día de hoy viven en el pueblo aproximadamente unos 309 habitantes, predominando las personas mayores.

Celebramos nuestras fiestas patronales principales el 29 de agosto en honor a las Santas Reliquias, y también el 20 de enero en honor a San Sebastián.